Aunque las etiquetas como “ansiedad” o “depresión” nos sirven a los profesionales de la salud mental para comunicarnos entre nosotros, sabemos por experiencia que es necesario realizar un adecuado diagnóstico diferencial, para poder ayudar a nuestros pacientes de la forma más eficaz.

Supongamos que Claudia viene a terapia porque siente ansiedad ante su relación de pareja, cuando la otra parte hace planes con otras personas. Comenta que cae en picado en una sensación de angustia que no logra calmar, que se queda entonces como paralizada sin hacer nada por sí misma y que su autoestima se desploma, sin que pueda reflotarla. Cuando su pareja vuelve y se reconecta con ella, los sentimientos de abatimiento y vacío desaparecen rápidamente, y ella se siente como si volviera a la vida de nuevo.

Para poder trabajar la “ansiedad de separación” de Claudia deberemos entender la base de la misma: su experiencia infantil. A fin de comprender cómo aprendió ella lo que era querer a otro y ser querida. Tal vez, tuvo unos padres poco accesibles, que no estaban ahí cuando estaba asustada. Y ahora que su pareja no está accesible, se conecta con ese sentimiento de abandono y se asusta. Tal vez, “aprendió” que sus necesidades emocionales eran tonterías infantiles. Y ahora, cada vez que se siente triste y sola, se cabrea consigo misma por ser “tan infantil” (como hacían sus padres). Tal vez, ella ni si quiera comprende por qué se siente tan desconsolada. Lo que le genera mayor frustración y desesperanza. Y le hace notarse aún más aislada.

Bien, una vez que sabemos todo esto. Que si su pareja se marcha, ella se desregula. Que si se desregula, se asusta y se enfada consigo misma. Y que si se enfada, no se comprende y se aísla aún más. Nuestro objetivo es que ella entienda que está a salvo. Que se siente ahora igual que se sintió cuando era niña. Que reacciona ahora como reaccionó: desregulándose mental y emocionalmente. Pero que ahora puede aprender lo que no se le enseñó: a auto-regularse. Es decir, a calmarse a ella misma. Sin esperar que sea el otro quien la calme. A expresar su vulnerabilidad sin sentirse avergonzada. A relacionarse con su pareja desde su yo adulto. A no sentirse una niña abandonada nunca más. (Y si se siente así, disponer de herramientas propias para salir de ello).

Peguntas frecuentes

¿Qué significa “diagnóstico diferencial”?

Algunas dolencias emocionales se parecen entre sí. Como ocurre con la ansiedad, que está presente en muchos trastornos, pero de la que existen muchos subtipos. El diagnóstico diferencial permite distinguirlos. Y saber que la “ansiedad de separación” es muy distinta de la “ansiedad de rendimiento”. Que la primera está relacionada con un apego inadecuado en la infancia. Y la segunda, con una “sobreexigencia” como mecanismo de defensa, ante lo desconocido. Que la primera afecta sobre todo a la capacidad para autorregular las propias emociones. Y la segunda, a la autoestima y a la autoimagen que la persona tiene de sí misma. Ambas requieren un trabajo terapéutico específico pero diferenciado.

¿Por qué el ejemplo utilizado hace referencia a una mujer y no a un hombre? Acaso, ¿los hombres no sufren ansiedad de separación?

La elección de una mujer para el ejemplo es intencionada, ya que la literatura científica señala que ciertos trastornos del apego presentan una mayor prevalencia entre mujeres que entre hombres (Mosquerra, D. 2018). Lo que pretende el ejemplo es generar identificación entre las lectoras. No obstante, los hombres sufren igualmente ansiedad de separación. Pero suelen manejar mecanismos de defensa que, o bien les impiden contactar con dicha ansiedad. Es decir, detectarla e identificarla. O bien, aún sintiéndola no son capaces de expresarla adecuadamente al otro.

¿Qué significa que su autoestima “cae en picado” y que cuando regresa su pareja es como si “volviera a vida”?

Quienes lo han experimentado lo saben. Las emociones no elaboradas irrumpen en la consciencia de repente, produciendo cambios abruptos en la manera de sentirse. Las personas que lo sufren, tan pronto se sienten desplomadas e impotentes, como revitalizadas y con esperanza. Esto es a lo que llamamos en terapia, “disocación”.

¿No es un tópico que el origen de nuestros problemas de relación esté en nuestra infancia?

Desafortunadamente no. Nuestras relaciones primarias son nuestro ecosistema emocional. En ellas aprendemos cómo es el mundo (seguro, inseguro…), cómo son los otros (confiables, hostiles…) y cómo somos nosotros (valiosos, inadecuados, débiles, responsables,…).

Con este aprendizaje invisible forjamos nuestras relaciones adultas. Y esperamos que nuestra pareja nos proporcione lo que nos faltó: seguridad, autoestima, atención… Es lo que se conoce en la literatura clínica como “patrones de apego” (Bowlby, Jhon, 1969) y como “compulsión de repetición” (Freud, 1920, g).

¿Qué ocurre si la pareja de Claudia es realmente abandónica y no es sólo una percepción suya? ¿No estaríamos haciendo castillos en el aire?

Puede ocurrir, que la pareja realmente sea así. De serlo, habría que preguntarse por qué Claudia se queda en un vínculo de este tipo, que le genera tanta angustia. Qué motivaciones la mantienen en él. Y si éstas tienen algo que ver con lo que ella aprendió en su ecosistema familiar. Cosas como: “eres abandonable”, “no puedes poner límites”, “las necesidades de los demás antes que las tuyas”, “el otro puede irse, pero tú no“...

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